El “síndrome de la Supermujer”

Es cierto que en estos últimos cincuenta años la mujer ha ido ganando cada vez más espacios en la sociedad y la cultura, lo cual ha llevado a un cambio de rol. También es cierto que muchas mujeres de hoy enfrentan nuevas exigencias, muchas de éstas emocionales, impuestas por sí mismas. Ya no se trata sólo de ganar un espacio fuera de casa, sino que además hay que seguir sosteniendo lo que pasa dentro de la misma. Quizá nos enfrentamos a un nuevo síndrome, el “síndrome de la Supermujer”.

 

¿Por qué hablar de un “síndrome de la Supermujer”?

Si bien toda generalización es, a la vez, reduccionista porque deja de lado lo particular de cada quien, éstas resultan importantes para ayudar entender algunos fenómenos comunes a un grupo de personas. Cuando hablamos del “síndrome de la Supermujer” nos referimos a un fenómeno que le acontece a muchas mujeres, que no sólo sienten la necesidad de desarrollarse fuertemente a nivel profesional y laboral, sino que a la vez consideran necesario llevar adelante el manejo de lo cotidiano: la organización del hogar y, sobre todo, estar muy presentes en la crianza de sus hijos. Todo muy meritorio, pero la gran pregunta es si es esto posible y, si lo es, a qué costo.

Hablamos de costo porque a la larga el “síndrome de la Supermujer” pasa factura. Algunas veces ésta se sentirá a nivel físico (cansancio, enfermedades, etc.) o a nivel emocional (estrés, ansiedad, etc.) y otras en ambos niveles. El punto central es que tarde o temprano se genera un estado en el que la mujer no se siente bien.

De menos a más, sin soltar nada…

En la actualidad, el rol de la mujer se ha ampliado tremendamente. Ya no es sorprendente encontrar a una mujer destacando en las más diversas áreas de la ciencia, la política y la cultura. Sin embargo, aún se le sigue asignando el rol central en la crianza de los hijos. Si bien es cierto que cada vez más el varón también ha ido ganando un espacio en lo cotidiano de una familia y en particular en involucrarse en la crianza de los hijos, aún sigo escuchando a mujeres exhaustas y culposas por no poder con todo.

Y es así que lo que ha representado un progreso de vital importancia para tener una sociedad con igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, para muchas representa una carga extra, disfrazada de un nuevo ideal a cumplir. ¡Una mujer empoderada debe poder con todo!

Y aquí empieza el equívoco, ¿quién puede con todo? Somos seres imperfectos e incompletos y es esta condición la que a su vez nos motoriza y nos impulsa a seguir buscando lo que necesitamos en determinado momento de nuestra vida. No reconocerlo es lo que nos agobia y lo que nos ata a la constante insatisfacción.

Entonces, de qué hablamos al hacer referencia al “síndrome de la Supermujer”. Pues, más allá de los componentes sociales que lo sostienen, hablamos de una posición frente a sí misma y frente al mundo. Hablamos de la dificultad de aceptar el no poder o incluso el no querer. Hace unas semanas atrás una conocida -profesional y con un trabajo importante- me hablaba de los días en los que se sentía “mala madre” porque no le preparaba una vianda más nutritiva a su hijo. Y me hablaba de haberle hecho un pollo frito con arroz y verduras… ¿“Mala madre”? Y es que la culpa es uno de los síntomas de éste síndrome, vivir con culpa por fallar, por no ser mejor ¿Para quién?

Sin duda, estamos frente a un síndrome que se nutre de las exigencias que muchas mujeres se imponen y que, quizá sin darse mucha cuenta, el entorno que construyeron también sostiene. Es así que el camino para mejorar pasa por un proceso de análisis, pero no solo nos referimos a la consulta con un profesional, sino una reflexión que cada una lleve adelante y que permita, primero que nada, cuestionar el papel de “Supermujer” que se les impone para luego, paulatinamente, poder abrir su posición a una en la que genuinamente la distribución de los roles sea equilibrada y las expectativas más humanas.

Fuente imagen: ElSol.

 

Lic. Julia Patiño Núñez

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