Miedos en la primera infancia

miedos en la infancia 3Los temores son muy comunes en la etapa infantil e, incluso, cumplen un papel fundamental en la construcción de la subjetividad. Por ello, resulta saludable que un niño pueda expresar sus miedos y, acompañado por los adultos significativos, pueda encontrar herramientas para hacerles frente.

¿Qué significa tener miedo?

El miedo es una reacción afectiva adaptativa, inherente a todo ser humano, en tanto que supone el reconocimiento de algún peligro y, en el mejor de los casos, la puesta en marcha de diversos mecanismos de huida o enfrentamiento para la autoconservación.

En este sentido, tener miedo es esperable, sobre todo en la infancia. El niño, en su proceso de desarrollo emocional, se ve confrontado constantemente con nuevas situaciones que le suscitan diversas sensaciones. En la medida en que un niño crece, los temores se modifican y los modos de enfrentarlos van complejizándose.

¿Existen temores típicos en la primera infancia?

¡Si! De hecho, en la medida en que un niño va creciendo, debe atravesar distintas situaciones que lo enfrentan con la pérdida. Esto suscita frustración, temor y angustia. Así, vemos como los miedos típicos de cada etapa infantil se dan en relación a la realidad que el niño debe enfrentar en cada instancia:

En algún momento del segundo semestre de vida, el temor que se observa es la famosa “angustia del 8vo mes” (ver nota sobre “La angustia del 8vo mes”). Por supuesto que un bebé de esta edad no puede verbalizar que tiene miedo. Pero este suceso típico, nos permite entender que el bebé reconoce a sus figuras significativas, dándose cuenta cuando están presentes o ausentes. Para esta altura de la vida, ha logrado establecer un lazo afectivo con estos adultos cuidadores y, por ello, ya no le resulta lo mismo quedar a cargo de su madre que de una figura desconocida. La ausencia de la madre le genera angustia, por el temor a que ella no vuelva, por temor a perderla.

En este sentido, la angustia del 8vo mes, supone un proceso saludable por medio del cual el bebé puede empezar a representar mentalmente a sus cuidadores, en un lugar de privilegio, diferenciándolos de otros adultos. Esta noción resulta fundamental, no sólo para su supervivencia, sino también para la construcción del vínculo primario.

En respuesta a este primer temor, el adulto afectivamente disponible acompañará al pequeño (a través de juegos, palabras, y otros recursos) a tolerar su ausencia, sin que esto se le torne insoportable. Esto permitirá al bebé contar con la tranquilidad de que, aunque el otro se va, luego retorna y, por ello, la ausencia no se vuelve sinónimo de pérdida. Así se inicia el proceso de construcción de la separación, que permitirá al niño cierta autonomía inminente.

Entre el año y medio y los 2 años, el temor a la separación se complejiza. miedos en la infanciaEl niño de esta edad se muestra más autónomo en su capacidad de desplazamiento (caminar y correr), en su posibilidad de elegir cuándo acercarse y alejarse de sus figuras referentes y en sus habilidades comunicativas (por el rápido desarrollo del lenguaje). Estas nuevas capacidades le suponen un enorme incremento de placer en su posibilidad de experimentar en el mundo. Sin embargo, también lo confrontan con la necesidad de separarse transitoriamente de sus figuras significativas como condición para la exploración, la curiosidad y el descubrimiento de lo nuevo.

Los padres suelen percibir esta creciente autonomía del hijo, lo cual tiende a crear una nueva dinámica familiar en la que los adultos se animan cada vez más a dejar a sus hijos pequeños el cuidado de otros, ya piensan en el ingreso al jardín, retoman o intensifican la atención dedicada a los propios proyectos, muchos incluso comienzan a pensar en la llegada de un nuevo hijo. Es decir, cada vez más se animan a retomar sus actividades más allá de su rol parental.

Asimismo, también en relación a la creciente autonomía de los niños, los cuidadores deben establecer límites cada vez más claros, frustrando algunas iniciativas de los pequeños, haciendo valer cierto criterio de realidad por sobre la búsqueda de placer constante del niño. Es esperable y saludable que esto suceda. Un padre debe poder legitimar la espontaneidad de un niño a partir de la regulación entre lo que se puede y no se puede hacer en determinada situación.

Ahora bien, teniendo en cuenta ambas cuestiones, tanto el corrimiento de la mirada de los padres hacia otros intereses, como el incremento en las frustraciones y limitaciones que deben trasmitírsele al niño, es esperable que aparezca el temor a perder el amor de los padres, que generalmente se traduce en dificultades en la separación, en berrinches, en celos, llamadas de atención y en la aparición de nuevas conductas que a veces pueden ser sintomáticas.

miedos en la infancia 2A partir de los tres años, el mundo simbólico e imaginativo del niño se complejiza muchísimo, por lo cual comienzan a tomar protagonismo ciertos personajes de ficción, o incluso personas y objetos del mundo real. Aparecen los miedos a la oscuridad, a los ruidos, a los monstruos, las brujas, entre otros. Esto supone que, sobre la base de los mismos temores primitivos en relación a la pérdida, las crecientes herramientas simbólicas del niño, le permite comenzar a representar sus miedos enlazados a cuestiones reales o imaginadas. Así puede ubicarlo en algo concreto, ponerle un nombre y diseñar mecanismos de huida o enfrentamiento.

Podemos ver cómo a partir de los tres o cuatro años de edad, los miedos que aparecen en los niños, son cada vez más representativos de su propia subjetividad, porque existe un mayor nivel de elaboración psíquica para encubrir la fuente originaria del temor, estando éste cada vez más disfrazado.

Así, los temores en niños mayores a cuatro o cinco años pueden ir desde el miedo a cierto animal hasta un lugar, persona o situación determinada. Lo importante es siempre estar atentos cuando el nivel de miedo deja de ser moderado y comienza a generarle al niño una restricción en su vida cotidiana.

Lic. Giselle Pomés

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